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La NASA acaba de proponer una respuesta para una de las grandes incógnitas de nuestro sistema solar: ¿Qué diablos pasó con la atmósfera de Marte?

Actualmente la atmósfera del planeta rojo es extremadamente fina y seca, pero hay evidencias que demuestran que no siempre ha sido así. Mediante la comparación de cometas marcianos con rocas de su superficie, se concluyó en 2013 que probablemente Marte tuvo una atmósfera rica en Oxígeno hace unos 4.000 millones de años.

De hecho se cree que, por aquel entonces, la combinación de una atmósfera parecida a la de la Tierra y una gran cantidad de agua en la superficie podrían haber hecho de Marte un planeta apto para la vida.

Entonces… ¿qué provocó esta drástica transformación?

En el anuncio de ayer, la NASA explicó (usando tweeter…) que el viento solar pudo haber erosionado la atmósfera marciana poco después de la formación del sistema solar.

El viento solar es un chorro de partículas cargadas y altamente energéticas, emitidas por las capas más externas de la atmósfera del Sol. Este plasma consiste mayoritariamente en electrones, protones y partículas alfa que viajan a más de 1,5 millones de kilómetros por hora en el vacío espacial.

Debido a las altas energías asociadas, sus efectos pueden ser altamente destructivos. Afortunadamente, la Tierra está protegida por su campo magnético, que actúa como un gigantesco escudo que protege su atmósfera y la vida.

Pero parece que el campo magnético de Marte se debilitó hace miles de millones de años como consecuencia del enfriamiento del planeta, dejando su delicada atmósfera a merced del agresivo viento solar. Así, el efecto prolongado del plasma impactando contra Marte fue dispersando las moléculas de su atmósfera hasta degradarla a su estado actual.

Para entenderlo podemos pensar en la flor llamada diente de león (ver imagen). Todos sabemos que a la mínima que soplemos con un poco de fuerza iremos arrancando las cipselas (sí, así se llama lo que sale volando). Pues la atmósfera de un planeta es igualmente delicada: moléculas en forma gaseosa muy fáciles de arrancar, ya que lo único que las mantiene unidas suele ser la atracción gravitatoria del propio planeta. En la Tierra somos afortunados, es como si una mano nos protegiese del soplido. En el caso de Marte, la mano abrió los dedos y el soplido causó estragos.

MAVEN: Un año estudiando la atmósfera

Para llegar a dicha conclusión, los científicos de la NASA se han servido de la sonda MAVEN (Mars, Atmosphere and Volatile Evolution), que orbita el planeta rojo desde el pasado 2014. Durante su misión, la sonda fue capaz de observar el impacto directo de una tormenta solar sobre la atmósfera marciana. El estudio de esos datos ha confirmado que en el impacto, las partículas del plasma transfieren energía a los gases de las capas altas de la atmósfera, causando su dispersión por el espacio.

La siguiente simulación de la NASA muestra, de manera muy visual, el proceso:

Los resultados han permitido también empezar a entender la posible composición de la atmósfera marciana antes de que se debilitara y secara. Así, se cree que en un pasado muy remoto Marte pudo tener un ambiente rico en hidrógeno, oxígeno y dióxido de carbono, elementos importantísimos para la vida (o al menos lo que hasta ahora entendemos por vida).

Parece pues que el enfriamiento del planeta debilitó su campo magnético, permitiendo que el viento solar erosionara lentamente la atmósfera. Debido a esta pérdida, el agua de la superficie se evaporó y acabó también siendo expulsada al espacio, convirtiendo Marte en lo que hoy conocemos.

La importancia de entender la evolución de la atmósfera de Marte radica en que cada nuevo hallazgo aporta pistas sobre si hubo alguna vez vida ahí y permite, además, trabajar en su posible habitabilidad para el ser humano. Por otro lado, muchos científicos piensan que en Marte estamos viendo algo similar a lo que le puede suceder a la Tierra en un futuro.

* Los resultados de dichas investigaciones han sido publicados en cuatro artículos en la revista especializada Science:

http://www.sciencemag.org/content/350/6261/aad0459

http://www.sciencemag.org/content/350/6261/aad0210

http://www.sciencemag.org/content/350/6261/aad0313

http://www.sciencemag.org/content/350/6261/aad0398

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